Conocer es habitar: Notas en torno a “El Aprendiz” de Jorge Orellana Lavanderos

Por: Daniel Ricardo Jiménez Bejarano.

Con el rigor al que nos tiene habituados, Sakura Ediciones nos presenta la segunda novela del chileno Jorge Orellana Lavanderos, llamada “El aprendiz”. Sin ánimo de abundar en tópicos ya referenciados en el prólogo firmado por el editor, Edilson Villa, quisiera explorar algunas de las múltiples modulaciones de esta novela polifónica, coral; susceptible de ser leída del mismo modo en que se escuchan, tanto una jam session de jazz, como una fuga barroca. Sabido es que en el arte de la fuga, como en la novela de Orellana, a los temas o sujetos, asimilables a los personajes que acuden al local “El aprendiz”, se las van oponiendo contratemas y contrasujetos, que para el caso de esta novela se revelan determinantes, cuáles serían el estallido social en Chile a fines del año 2019, y la emergencia de la pandemia global de la Covid 19 a comienzos de 2020. Y a la manera de las improvisaciones vocales del jazz, cada personaje suma su voz al aparente caos de los tiempos, voz que sin embargo se transforma en razón involuntaria de la prevalencia de la vida contra todo anuncio de derrota.

Llama la atención que todos los personajes que confluyen a “El aprendiz”, son aprendices ellos mismos: nómadas de ciudad, buscan pertinaces el encuentro con su propio rostro, mismo que se difumina sin embargo, en los límites espaciales del sitio que los contiene. Fenómeno destacable en que se evidencia que también los lugares aprenden de los hombres: sus luces y sus sombras, sus amores y recelos, son también hormigón y cristal. Mímesis urbana en que los símbolos asociados con los lugares amados, son también metáforas de los que transcurren por ellos: habitar es conocer, y el espacio se conoce a sí mismo en su espectralidad de materia fugaz, donando al ciudadano conmovido por el pavor o la indignación espejos más leales que los de cristal o de memoria.

Así las cosas, podría decirse que “El aprendiz” es, a riesgo de sonar redundante, una novela de aprendizaje. No porque relate la hipotética formación de un personaje, novicio en el arte de vivir, sino porque nos muestra que, al aprendizaje propio del habitar en la temporalidad de lo cronológico, se suma y sobrepone el conocimiento del kairós de la pandemia, la epifanía del sueño de libertad, que sucede sí en el tiempo de las calles, pero también en la temporalidad del símbolo y del arquetipo; lo prometeico enfrentado de nuevo, e igual que siempre, al orden que insiste en la tradición como negación de las potencias del afecto y la solidaridad. Y opuesta a esta tradición, engolada y con mayúsculas, una tradición humilde y subterránea reivindica el amor: el gozo de recibir de otros el don de un oficio o de una vocación.

La brevedad de los capítulos, invita a transgredir el canon de la lectura lineal. Abrir al azar la novela de Jorge Orellana Lavanderos, dejarse seducir no por la estética de lo aleatorio o de lo fragmentario, sino por el disfrute de una prosa impecable, en que cada capítulo es al tiempo narración, aforismo, filosofía: gratitud sin adjetivos es lo que queda tras la última página de esta hermosa novela.

Palmira, Valle del Cauca, Colombia. Noviembre y 2021.

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