Por: Daro Soberanes
Grecia clásica nos recuerda que fue Tales de Mileto quien consideraba al agua como “el principio de todas las cosas”. A través del testimonio de Aristóteles, el filósofo jonio dirá:
“Todo es agua. El alimento de todas las cosas es húmedo, y porque de lo húmedo nace del propio calor y por él vive. Aquello de lo que nacen es el principio de todas las cosas. Porque las semillas de todas las cosas tienen naturaleza húmeda y el agua es el principio de la naturaleza para las cosas húmedas”.
¿Podríamos fiarnos de esto? Aunque estas ideas presocráticas tienen una limitación dentro de su propio tiempo (hace veintiséis siglos), su base tiene un método inteligible: La observación de los fenómenos naturales. Hay ciencia aquí. La escuela milesia nos da el soporte para adentrarnos en esta concepción del Principio de todas las cosas en el agua —principio físico, filosófico y completamente poético—, como simiente y razón del Todo. Cito a América Femat:
¡Cuán repetidas veces has salido de un húmedo costado!
Adolecerás el hondo transitar de mi espacio
Los dos versos pertenecen al poema El agua y sus designios (p. X) de este libro. Ya se presentan la voz y el elemento, la voz: Ella, él; el elemento: El agua, su naturaleza húmeda. Así comienza a anunciarse este designio en este prólogo. Antes, en el mismo poema, la autora escribe que un “cuerpo de ondeos”, antes marino y ahora encallado en la arena, “un pez en medio de mi imposible”, escribe sobre ELLA (el agua-una entidad). El sustantivo compuesto «agua-entidad» vale el riesgo de su uso. Alguien escribe sobre quien escribe el poema. Y, sin embargo, el «agua-entidad» sentencia: “Ante la ola petrificada, meceré tu asfixia”.
Los designios del agua, este libro de versos que aparece íntegro ahora, es el trabajo más cuidadoso, podría decir meticuloso trabajo poético, de la autora hidalguense. Designios que —pensemos, ideemos— la poeta ha acreditado a esta sustancia líquida, pero que quien designa, al trazar cada grafía en la hoja de papel y en la pantalla electrónica, es solo ella, América. ¿O es verdad lo que sabemos de las musas, las mousai griegas, que los líricos hombres y las líricas mujeres solo son un médium que hace de corno a lo que ellas dictan, a lo que ellas les inspiran? Clío y Melpómene parecen atestiguar que es así en este poemario, están distantes, sí, lo suficiente para no llamarse protagonistas en Los designios… y sin embargo queremos entender, lectores, que sus sombras abren la boca del piélago, piélagos como columna vertical, de esta obra. Pero ninguna musa antigua ni moderna, ni la Historia o la Tragedia han designado lo que elige la autora de este libro, aunque, quiero insistir, las creemos “ver” en la obertura—ya lo sugiere también el rótulo del epígrafe en su única página: Margarita Michelena dirá: “Cuando me dividiste de ti, cuando me diste/ el país de mi cuerpo y me alejaste/ del jardín de tus manos, /yo tuve, en prenda tuya, las palabras, /temblorosos espejos donde a veces/ sorprendo tus señales”. Pienso acaso en oceánidas y en nereidas, que, en cuanto a deidades menores, ninfas de ríos y mares, son mejores acompañantes para Los Designios del agua. De cualquier modo, el libro se ha cuidado de que sintamos que estamos dentro de él como dentro de escenas aguamarinas, lienzo que dimensiona su espacio en el agua diáfana. Y entonces cumple con lo que titula. Digamos más.
EL PASO DEL MITO AL LOGOS
Es claro, para el lector acostumbrado a la obra de América —y, no tengo duda, también lo será para el nuevo lector— que es difícil decepcionarse de las líneas de cada poema que ella escribe. ¿Por qué? Astrolabio de medición angular, la autora traduce lo que ella “atestigua” con cuidado, con precisión y riesgo desde los litorales de su persona. Inexorable (Ablucionistas, 2015) e Irrupción (Cipselas, 2018), dan cuenta de ello. Nuestra inmersión en sus palabras comprende el amplio traslado, el paso, del mito al logos, de la idea al objeto, del reflejo al espejo y, sobre todo, de la abstracción a la concreción. La poeta escribe y declama en Derrumbe de la luz:
Lo mismo que los peces; los hombres trazan su espacio,
lo mismo que el oleaje; el hombre se estrella en la escollera,
lo mismo que la nube; el hombre cambia su forma y se despide
(una muralla es la noche, la noche entra a sí misma).
Entonces, la veta lírica y conceptual de quien escribe bien los versos es hilo de tradición nueva en otro nuevo siglo. Tuvo razón la antiquísima pieza cuadrante de los mares, octante o sextante: todo se puede medir bajo la observación; todo se puede traducir bajo la observación; todo se puede decir.
El poema, construir un poema, se hace de distintas formas, pero tiene una doble vía: Lo que ha nacido de una concreción se relativiza, mientras que lo que es objetivamente imposible se vuelve algo palpable. Y aunque el deseo de los poetas no sea llegar a un fin, se llega. Los designios… tocan, fluviales, la tierra firme, para regresar, en un respiro de branquias, a un imperio marítimo (más que marino). Cada poema de este libro —tal vez solo el último no— sabe que tiene esa función: Congeniarse, anfibio desconcertante, en la mar (y EL mar) y la tierra.
PRIMER SALTO
¿Y si lo sinestro acuífero se ha enroscado en su propia concepción (concebida y conceptuada)? Por supuesto, yo no tocaré un límite donde fracaso en las ideas. El poema no es un método para las verdades o sus afirmaciones, sino un devenir.
Temo caer en gotas circundantes,
[…]
Temo a la figura triste de alguna nube en huesos,
al peregrino pez y su levedad también de nube;
[…]
de su mal atendido augurio, de su palabra no urdida;
A orillas de esta delta,
sofocar mi regreso
El “agua-entidad” verbera ahora, el agua se golpea contra los espigones de una costa que es una biografía. ¿Cuántas veces? ¿Cuántas veces los versos, sus líneas de este poemario, los designios del agua cumplen su marea cataclísmica? Un corte que muestra su organismo: “golpea y talla la escollera —¡Qué ideas en el muro de la frente!—”.
Todo, con precisión alquímica, ocurre en el agua: Así ella comete (o escucha) los siseos de río:
Ahondada en la demora he de encontrar algo,
porque algo está arrastrando desde hace tiempo el río.
La autora (¿o el agua-entidad?), en su “Grafía del agua” “avanza con sed”, son “los escombros de la sal”, por un “Corredor abierto […] hacia otro muelle”. No nos sorprendamos que, inmiscuirnos en los poemas de América, en estos poemas, será como transitar entre escamas húmedas por las afluentes del pleamar y de la bajamar de aparentes alegorías de océanos y ríos y aves náuticas (quiero decir: acuáticas) y arenas de una playa abierta, y azur aún. Antes de la mitad de nuestra lectura de esta obra lo entendemos así. Esto es un organismo vivo, completo, que tiene aparatos respiratorios como cartas del tarot. Alguien nombra las cosas y nombra los eventos, los designa, los cifra:
El arrecife de mi cuerpo:
aluvión.
Y migra:
Atraviesas las anegadas aguas
hacia un puerto esperanzado
[…]
Te vacías oceánica
—ave vencida—.
Antes llega la aridez, contradicción necesaria del agua, “vestigio oceánico de un dios con sed”, y también escribe su testimonio. Entonces lo árido persevera. El poema con este título, Aridez, compendia una potencial zozobra y un deseo ciego, que no mira, que no puede mirar, que tiene bajos los párpados. El poema se piensa a sí mismo: “Pez sabe a agua noche, se refugió en un charco”.
Lo invisible de una escritura signada. Autografiada para ser como el salmón, diádroma: Se mueve entre el abierto mar y el resuelto río. Donde el río sabe que tiene la forma que la ribera mundana y firme le concede. Por eso su contraste es mayor. Por eso en Los designios del agua toda la luz de otro entendimiento transcurre entre firmes hados (río lineal, inexorable) y lo vacilante del salto del pez, marino siempre (océano abierto-páramo).
Pez que atesoro
habita
en desmemoria
—símbolo atlántico sin mares—.
La diferenciación es binaria, una puesta en escena con determinadas acciones-procederes. Aun Ella / él en la cresta marina.
toda la mar
la cresta enlaza,
todo el mar
la cresta vence
También designio significa: “Pensamiento, o propósito del entendimiento, aceptado por la voluntad”. Y ¿quién, sino la potestad de América, ha entendido más que nosotros el devenir del que habló Heráclito en los poemas que aquí ella nos ofrece?
Hoy advierto todo el astrolabio de su ceniza,
toda la herrumbre de los rostros enmohecidos.
A este nuevo hemisferio del espejo,
también se le llama hogar.
¿Sirena o Melusina la palabra? Las tres: Sirena, Melusina y Palabra se impulsan como pez vivo en un salto. Y entonces la poeta se confiesa, como hace el histrión: “Memorial del pez que fui”. Nada se detiene. La ola también se santigua cada vez que nace y cada vez que se prepara para morir. Todo es como un “Salto al sueño”: “El fondo sueña, mece su eco en la anémona entraña”. ¿La muerte o la entrega? ¿Augurio? ¿Diálogo? Lo muy cierto es la “Paradoja”; yo la parafraseo: Lo fácil es hallar alfileres en un pajar, lo difícil es hallarlos en el mar vacío y lejano de uno mismo.
Mi lectura de Los designios del agua hace que piense que cada página es un prisma que produce una refracción de la luz, hacia el agua y desde el agua, luz que se descompone y que, leyéndola en versos, se refleja como símbolos marinos. Sacramento y revelación.
EL SUTRA DE LA LIBERACIÓN
Antes he mencionado que el último poema de Los designios… Estaciones, no sobrelleva mástil o veleta ni madreperla alguna por estimación. Su condición es otra. Y finalmente una Madre musa impera —quiéralo o no quien escribió Los designios— de inicio a fin. Mnemosine aparece. La titánide que es la Memoria insufla cada verso aquí. A pesar de la “gravidez de alas y caracolas”, un testimonio se vuelve nítido y se trasluce del velo. Este último poema está compuesto en dos partes. Uno. Comenzamos a leer “Estaciones” y ya somos testigos silentes de una experiencia que describe su propio vacío. “Amado sextante” que fue, era, y ya no es. Por eso debe escribirse acerca de él, para hacer lo que hacen las jaculatorias: Colocar piedra blanca tras piedra blanca, el retrato de nuestra propia conmiseración: “carne de estrella a destiempo y a mitad del viaje”, “lágrimas de ámbar y número de oro”. Este poema, el último, es el más extenso (aunque de forma relativa no es éste un libro de versos de demasiadas páginas) y lo es de forma acertada, porque el contraste entre las oraciones de los poemas que lo preceden es señal de que estamos ahora en una dimensión distinta: Tenue, hierática. Voz de largo aliento, que, como se constata, quiere contar lo demasiado como si ella, la poeta, tuviera una pequeñísima Caja de Pandora que cae de sus manos a propósito. Y todo está dicho. Ella lo establece así, a veces con voz tambaleante, o firme o que se quiebra: “En esta gravidez de alas y caracolas, / ni una sola de sus aves anida en mi ovario”, “no hubo estación para el descanso”, por eso ya no le bastará “con una (sola–sola) estación”. Silencio nuestro ahora, antes de lo otro. Dos. La segunda parte la precede el epígrafe sobre un Sutra (los sutras son escrituras y decretos budistas). Es de resaltar lo acertado que es el acompañamiento de este epígrafe para el poema. Es el “Sutra del Corazón” y después de su enunciación, ya en la parte de las estrofas, Mnemosine evocará el pasado presente de quien declama la poesía. Puedo decir que yo considero que Mnemosine es quien “canta” la experiencia, sin embargo, la poeta nos dice que es
una gaviota en descanso.
Así se mostró, cubrió una porción de mí, me internó amorosamente
miré al fondo el precipicio, me/nos hizo nada.
Ya vacíos, la hondonada habló: “algo busco en el instante, algo mudo y eterno”.
Y dirá en líneas tantas cosas. Ahora, sólo ahora, el Sutra se convierte en Argumento humano para el consuelo y la liberación, y su mantra último concilia la palabra-testimonio y la propia compasión. Me permito registrar aquel Sutra en su parte más sustancial:
Un hijo o hija de noble familia que desee ejercitar la profunda prajnaparamita (perfección sabia), debería comprender que los cinco skandhas (etapas de la experiencia personal) carecen de naturaleza. La forma es el vacío, el vacío es forma. La forma no es diferente al vacío, el vacío no es diferente a la forma. De igual modo, las sensaciones, las percepciones, los impulsos y las emociones, y la conciencia también son vacío. Así, todos los dharmas (devenires) están caracterizados por el vacío; no aparecen ni desaparecen, no son puros ni impuros, no aumentan ni disminuyen. Por lo tanto en el vacío no hay forma, ni sensaciones, ni percepciones, ni impulsos, ni emociones, ni consciencia; ni ojo, ni oído, ni nariz, ni lengua, ni cuerpo, ni mente; ni color, ni sonido, ni olor, ni sabor, ni tacto, ni dharmas; ni vista, y así hasta ni pensamiento; ni ignorancia, ni fin de la ignorancia, y así hasta ni vejez ni muerte, ni fin de la vejez ni fin de la muerte; ni sufrimiento, ni origen del sufrimiento, ni cesación del sufrimiento, ni camino; ni conocimiento, ni logro, ni no logro. Como no hay obscurecimiento de la mente, no hay miedo. Así se transcienden la ilusión y se alcanza el nirvana (la liberación completa).
En el poema, ya consolidada antes la imagen poética del salto del pez, podemos leer:
Salto, ¿quién dices qué saltó? —Ella, el pez—que distendida y al vacío de sí, de mí,
de las olas que construyen un cuerpo tejido de venas, de sangre vertida.
Así la imagen se recuerda en la sucesiva ola.
También la autora (¿o el “agua-entidad”?) nombrará veinticinco señales, veinticinco edades, veinticinco años, “Duré en ti, me dijo: veinticinco efluvios y ahora de regreso a ti, nada más cuenta cinco veces cinco para no equivocarte.” Porque ya en este cenit del poema todo registro se cristalizará para permanecer en los labios de quien pronuncia, labios que fluctuarán de lo seco: Hendidos y áridos, a lo húmedo: Regados y fluviales, resultante de la fuerza de atracción gravitatoria, no de un sol ni de una luna, sino de su propia estimación de sibila, marea de los designios que ajusta el vacío al provechoso vacío. Los designios del agua, de espigada forma, sellarán este libro diciendo
“Me gusta creer en lo posible”.
Revelación en una bocanada. Su cúspide, su declive; su cuidado condensado, la sal de sus designios.





