Por Edilson Villa M.
(Filósofo, poeta y editor)
“Ella confiesa su amor mientras está dormida.
En las horas oscuras
Con medias palabras, en susurros:
Mientras La tierra se mueve en su sueño invernal.
Y hace germinar la hierba y las flores
A pesar de la nieve,
A pesar de la nieve que cae”.
Robert Graves
En el prólogo Clavículas de Eurídice, que el poeta mexicano Jorge Contreras Herrera le escribe al libro Inexorable, de América Femat Viveros, se lee una interesante afirmación que él hace sobre nuestra autora; él dice que “Quizá su magia (la de ella), se debe a su naturaleza de musa, de provocadora de poemas, en su inquietante búsqueda del héroe”. Inmediatamente después nos recuerda las palabras de Robert Graves, donde plantea que la idea de “musa” debe entenderse siempre como la encarnación de la “diosa”; y que, por ese mismo sendero del razonamiento, la figura masculina que inspira, debe comprenderse también como a la encarnación del “dios”, solo que a esta figura arquetípica varonil no se le llama “muso”, sino “héroe”. En esa misma línea, intenta presentarnos a nuestra poeta como a esa Eurídice que debe ser rescatada de las profundidades del infierno (a la manera de Orfeo), por ese “poeta heroico” que la ama, pero sin poder lograrlo porque también es vencido por la tentación de mirar atrás, condenándola para siempre a vivir entre la soledad de los muertos.
Ahora bien, si leemos detenidamente su poesía ¿Qué podría llevarnos a pensar que ella canta dolorosamente, desgarrándose, desde el inframundo? Allí solo habita lo que ha muerto, ¿Acaso en su poesía se devela, por algún vestigio de la literatura que yo aún no encuentro, la idea de que América yace en un infierno metafórico, bajo el reino de Hades? Y si lo estuviera, ¿Necesitaría ella ser rescatada del inframundo por algún poeta heroico?
Es una interesante mirada; y sin descalificar la visión anterior, yo propongo otra lectura de la poesía de América Alejandra Femat Viveros, nacida enTizayuca, Hidalgo (México), en 1984. Licenciada en Medios de Información y Periodismo por el ITESM. Participó en la Antologías: XIX Encuentro Internacional de Poetas, Zamora Michoacán; Tributo a Sabines. He aquí que estamos todos reunidos; Tenho tanta palavra meiga, algunos poetas mexicanos. Ha participado en recitales poéticos en espacios como el Museo de la Ciudad de México, el Museo del Ferrocarril y La Feria Infantil y Juvenil de Hidalgo. «Inexorable» es su primer libro de poesía, el cual fue presentado, entre otras partes, en la XXXVII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería.
Una vez que se ha leído su alma, esto es, cuando se ha bebido en la fuente de su poesía, nos damos cuenta claramente que América no busca un héroe como tal (aunque use la palabra “héroe” varias veces). Ella no necesita ser rescatada; ella necesita un interlocutor de su misma estatura espiritual e intelectual, con su misma sensibilidad, que la acompañe en el camino de su realización; y acaso sea esta una tarea no menos heroica que la de un héroe divinizado. .
En Inexorable y en el poemario que ella llama Tierra vacía, pueden identificarse tres planos de comprensión fundamentales: En el plano espiritual, vemos a una mujer en la constante búsqueda de sí misma, en el camino de perfeccionar todas sus potencialidades; en el plano anímico, evidencia un profundo conocimiento de lo que hay qué saber, de lo que tiene qué hacer, que está ubicada frente a una puerta abierta, pero que aún no se atreve a cruzar, a pesar de que sabe de las posibilidades del gran triunfo que le esperan al otro lado; y en el plano material, con cada uno de sus versos, representa la posibilidad de conseguir lo que desee, si se atreviera a trasgredir esa puerta y afrontara todos sus miedos.
En otras palabras, América Femat Viveros, al revelarnos su elevada poesía, nos deja claro que más que una “musa” o una “diosa” cautiva en lo profundo de los mundos infiernos, ella es ante todo una mujer de conocimiento, una poeta (como pocas), que posee y representa el conocimiento del universo en constante evolución, una mujer que posee la ciencia oculta, sacerdotal e iniciática.
Ella misma nos lo dice en su poema “Sacerdotisa de la noche”, donde se nos muestra como lo que es, como un “libro abierto” solo para quiénes puedan leerla:
Sacerdotisa de la noche
Libro abierto,
Quién te leerá, sacerdotisa de la noche,
Rondas calles de soledad.
Más allá de la piel vive tu esencia,
Eres deseo encarnado, rostro de siete lunas,
Libro abierto que no oculta sus misterios.
Como una sacerdotisa, nuestra poeta posee el conocimiento del pasado, del presente y del futuro, para distribuirlo según su criterio, pero en ella (y en su poesía), solo están representados tres de los cuatro elementos, pues le falta el terrenal; de ahí su miedo a traspasar la puerta, a lanzarse a la culminación de la gran obra. Ella sabe lo que le falta (para que la complete, no para que la rescate), ella lo presiente, pero él aún está lejos… transitando otros parajes, navegando en otras aguas, como dormido; y así lo nombra:
Él duerme
Sus aguas ahora mansas
lo cubren, lo abrazan
lo recorren en espasmos
–espejos que palpitan en calma–
Tendido en quietud,
ahora duerme
pero su corriente fluye sobre mí
un torrente de adrenalina que no cesa.
En sus lindes
mi boca juguetona lo succiona.
Me parece un héroe,
sí, es mi héroe.
Su rostro mojado del mío
me sobreviene
inconmovible e inquietante
lo respiro en adicción
y me colma de plenitud.
Duerme,
como un sol poderoso:
colmena de inquietante líquido.
Dorado rostro que respiro.
Entra en mí, penetra, limpia
salvándome de un vacío.
Mi héroe duerme,
desnudo girasol, espiga
que danza con el solar
del medio día musitando
poemas en cada poro.
Mi héroe se arroja tierno
al cansancio dormitante
respira quedo, murmura fuerte.
Levedad del sueño que protejo.
Ella lo presiente y siente que se acerca, de alguna manera lo conoce y sabe que pronto van a encontrarse. Lo necesita para comunicarse plenamente (en ese mismo sentido que designa la palabra comunión), para completar la gran obra del amor; para ofrecerse lo que cada uno tiene del otro y entenderlo todo con suma claridad, para descifrar todos los misterios. Lo necesita para que él le muestre las cosas terrenales del mundo donde todo se explica por la lógica de la razón y de la mente, porque ella es puro espíritu, puro corazón; pero la espera es larga y el silencio, a veces, le parece exagerado:
El exagerado silencio
El alfabeto es pequeño
para una estela de tres puntas
que me persigue donde existo.
Invoco al amoroso mensaje.
Súbito aullido suicida
que no se extingue…
Ahora llueve, dentro.
La diosa nos persigue,
la cacería comienza,
Quiero reír. Llueve y el río canta,
llueve a cántaros rotos sin interrupciones.
Soy tormenta que llueve
mi lengua llueve pesada,
los sueños tienen hambre.
La voluntad estorba.
La tinta se chorrea en él y mis dedos llueven,
mi voz también -calladamente-
igual que hoy
igual que…
No quiero mañana en otro.
Tal vez comprendas mi mutismo
el exagerado silencio.
Como es fuego, aire y agua, la sacerdotisa de la noche no duda en salir a buscarlo… a dejarse encontrar en el camino; por eso despliega sus alas de libélula azul sobre las montañas, los valles, los ríos y los lagos; por eso canta sus versos en todas direcciones, canta para atraerlo:
“la cacería comienza,
Quiero reír. Llueve y el río canta”
Lo busca, lo busca incansablemente con sus versos hasta que lo encuentra sumergido en un lago sagrado y se posa en él; y él se posa en ella, completando el mágico ritual. Ellos lo saben porque los pájaros de su corazón y el espíritu del agua sagrada donde se abrazaron así se los confirma. No hubo necesidad de palabras, todo fue temblor, silencio y poesía:
Necesitaba
Fueron tus ojos
donde el alma me mostró
su sonido de isla inhabitada,
desde entonces
fuimos el reflejo de un mismo espejo
la aparición súbita y perfecta
de dos ríos que encontraron
un mismo cauce.
La chispa y la pirotecnia de la esperanza.
Yo no sé qué descifre el sueño
o si éste sea de carne
pero paladea
la gota que el sediento
necesitaba.
Él es como el viento, como un jinete sobre siete mares, que no se detiene, que avanza; aún tiene que luchar toda la noche para que no naufrague su navío, aún tiene que completar otras tareas antes de fondear definitivamente en su puerto; por eso se va, pero le deja una promesa, con la certeza de que pronto volverá:
No te vayas
quédate
porque cuando zarpas
tu callado
se arremolina en mis entrañas.
La palabra mía se vuelve
selva y enredadera del insomnio,
llueven zarpazos del alma
de esta agotada fe del navío.
-Detente-
descansa en mi centro
en mi puerto.
Él volverá (y ella lo sabe), porque en la tibieza de sus labios está la flor, está el milagro; porque en su abrazo y en el abismo insondable de sus ojos se reúne todo lo sagrado.





