Guardianas del primer aliento (A propósito de “El parto de la primeriza”)

Por Edilson Villa M.

(Filósofo, poeta y editor)

En las riberas húmedas del Pacífico colombiano, donde los ríos son caminos y la memoria viaja de boca en boca, las historias nacen con la misma naturalidad con que brota la lluvia sobre la selva. Allí, en ese territorio donde la vida cotidiana está entretejida con la tradición, la espiritualidad y la sabiduría de los mayores, se levanta la voz narrativa de Clarildo Mena Hinestroza, uno de los escritores que con mayor sensibilidad ha sabido transformar la memoria colectiva del Chocó en literatura.

Quienes han seguido su trayectoria reconocen en su obra un profundo respeto por la tradición oral y por las voces de las comunidades afrodescendientes del Pacífico. En libros anteriores como Cuentos de río, mar y tierra, El conductor de los fantasmas y otros cuentos; o La mensajera de la muerte, Mena Hinestroza nos ha permitido escuchar el eco de los relatos que habitan en los patios familiares, en los corredores de madera, en las canoas que atraviesan los ríos y en las noches iluminadas por lámparas de queroseno.

Su escritura recoge esos relatos que durante generaciones han sido transmitidos por abuelas, tías, parientes y vecinos, convirtiéndolos en narraciones que conservan la cadencia y la profundidad de la palabra hablada. La novela que el lector tiene ahora entre sus manos, El parto de la primeriza, continúa esa misma línea de rescate cultural y memoria ancestral, pero se adentra en un territorio particularmente íntimo y sagrado dentro de la vida comunitaria: El momento del nacimiento. Más específicamente, el parto de las mujeres primerizas, ese instante en que el temor, la esperanza y el misterio de la vida se encuentran en una sola experiencia.

El autor de El parto de la primeriza, nos dice que esta novela nació de lo que vio en su casa, de lo que observó, lo que escuchó de su madre, sus hermanas y algunas tías. Todos estos conocimientos y experiencias, a su vez, han sido transmitidos, por todas estas mujeres, al pie de la letra, a cada una de sus hijas, quienes a su vez los transmitieron a las suyas, a sus nietas. Estas últimas, aunque han nacido en clínicas y hospitales, han guardado igualmente los cuarenta días de dieta, y siguen todas estas recomendaciones y cuidados sin reparos, sin resistencias, sin omisiones y con el mayor respeto por su cultura y su ancestralidad.

En el universo narrativo que propone Mena Hinestroza con personajes como Rosa Matilde y José Abel, el nacimiento no es únicamente un acontecimiento biológico; es un acto profundamente cultural, espiritual y comunitario. En las comunidades del Pacífico colombiano, el parto ha sido tradicionalmente acompañado por las parteras, mujeres sabias que han heredado conocimientos transmitidos a lo largo de generaciones. Estas mujeres no solo asisten el nacimiento de un niño; también sostienen a la madre con palabras de calma, con cantos antiguos, con remedios de la selva y con una fe que mezcla la espiritualidad africana, la tradición cristiana y la experiencia acumulada por siglos de práctica. La partera, en este contexto, es guardiana de la vida, protectora de la madre y mediadora entre el misterio de la llegada de un nuevo ser y la fragilidad del cuerpo humano.

Esta novela se construye precisamente alrededor de ese mundo femenino que muchas veces ha permanecido en silencio dentro de la historia oficial. Mena Hinestroza coloca en el centro de su relato a las mujeres que, con paciencia y valentía, acompañan a las jóvenes que enfrentan su primer parto. Estas parteras no aparecen en la historia como figuras secundarias; por el contrario, emergen como personajes cargados de dignidad, conocimiento y autoridad moral. Ellas representan una forma de sabiduría que no se encuentra en los libros ni en los hospitales modernos, sino en la memoria del cuerpo, en la observación de la naturaleza y en la transmisión oral del conocimiento.

La joven primeriza, protagonista de esta historia, encarna también el tránsito entre dos mundos. Por un lado, el mundo de la modernidad que lentamente se abre paso en las comunidades del Pacífico; por el otro, el mundo de las tradiciones que continúan latiendo en la vida cotidiana. Su embarazo y su inminente parto se convierten en una experiencia iniciática, un viaje interior en el que el miedo y la incertidumbre son acompañados por la presencia firme y amorosa de las parteras. Como en muchas de las obras anteriores del autor, el paisaje no es simplemente un escenario, sino un personaje vivo dentro de la narración. Los ríos, la lluvia persistente, los árboles gigantes y la noche profunda de la selva crean una atmósfera que envuelve la historia y la conecta con la espiritualidad del territorio.

 En este contexto, el nacimiento de un niño parece dialogar con el ritmo mismo de la naturaleza, como si cada nueva vida estuviera en armonía con el latido del río y el canto de los pájaros. La prosa de Clarildo Mena Hinestroza mantiene aquí una de sus características más reconocibles: La cercanía con la oralidad. Sus frases fluyen con la cadencia de una conversación, recordándonos que muchas de estas historias nacieron primero en la voz de las abuelas antes de llegar al papel.

Esa fidelidad al tono de la tradición oral permite que el lector sienta que está escuchando, más que leyendo, un relato que podría haber sido contado en un patio al caer la tarde. Pero esta novela no solo es un homenaje a las parteras y a las mujeres del Pacífico; también es una invitación a reflexionar sobre el valor de los saberes ancestrales en un mundo que con frecuencia los desprecia o los considera obsoletos. En tiempos en que la medicina moderna ha transformado profundamente las prácticas del nacimiento, la figura de la partera continúa recordándonos que el conocimiento humano no siempre se encuentra en los laboratorios o en las universidades. Existe también una sabiduría que nace de la experiencia, del cuidado comunitario y de la relación respetuosa con la naturaleza.

Al narrar la historia de un parto primerizo acompañado por estas mujeres sabias, Mena Hinestroza rescata un fragmento fundamental de la cultura del Pacífico colombiano. Nos recuerda que cada nacimiento es también la continuación de una memoria colectiva, una cadena invisible que une a las generaciones pasadas con las futuras. Leer esta novela es, en cierto sentido, asistir a un nacimiento doble. Por un lado, el nacimiento del niño que llega al mundo entre las manos expertas de las parteras; por otro, el nacimiento literario de una historia que preserva y celebra una tradición profundamente arraigada en la identidad afrocolombiana. Así, entre rezos, cantos, hierbas medicinales y la solidaridad silenciosa de las mujeres que acompañan a la madre, esta obra nos conduce hacia uno de los momentos más universales de la existencia humana: El instante en que una nueva vida se abre paso en el mundo. Y al hacerlo, Clarildo Mena Hinestroza vuelve a recordarnos algo esencial: Que en los lugares donde la historia oficial rara vez mira, allí donde la selva abraza a los ríos y la memoria se transmite en voz baja, siguen latiendo las historias más profundas de un pueblo.

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