Hay libros que se leen… y otros que se escuchan

Por Edilson Villa M.

(Filósofo, poeta y editor)

Así Vivimos, del doctor Yendier Mosquera Lemus, pertenece a esa segunda categoría: No entra primero por los ojos, sino por la memoria. Su lenguaje no parece escrito únicamente con tinta, sino también con río, con lluvia, con fogón encendido al amanecer, con rezos antiguos y con voces que aprendieron a resistir antes incluso de aprender a nombrarse.

Este libro no intenta impresionar al lector. No se construye desde la arrogancia de quien cree poseer la verdad absoluta. Por el contrario, nace desde un lugar profundamente humano: La necesidad de recordar. Y recordar, en estas páginas, no es un acto pasivo. Es una forma de salvar del olvido aquello que el tiempo, la prisa y la modernidad intentan borrar silenciosamente.

Yendier Mosquera Lemus entiende algo que muchos escritores olvidan: Los pueblos también piensan. Las cocinas piensan. Los velorios piensan. Las abuelas piensan. El río piensa. La oralidad piensa. El humor del pueblo piensa. Y quizás la filosofía más profunda no siempre nace en las universidades ni en los grandes tratados académicos, sino en las conversaciones humildes donde la vida se explica a sí misma sin pretensiones.

En Así Vivimos, la palabra no aparece maquillada, aparece viva. Respira. Suda. Se ríe. Llora. Discute. A veces canta. A veces reclama. A veces aconseja sin imponer. Y justamente ahí radica una de las mayores virtudes de este libro: Logra dignificar la voz cotidiana del Pacífico colombiano sin convertirla en caricatura ni en exotismo literario.

El autor no escribe “sobre” su pueblo; escribe “desde” él. La diferencia es inmensa.

Muchos textos intentan representar al territorio observándolo desde afuera, como quien contempla una fotografía distante. Aquí no. Aquí la voz narrativa pertenece a alguien que conoce el peso de la madera húmeda, el eco de los rezos nocturnos, la cocina de azotea, los silencios familiares y las tristezas que aprendieron a convivir con la risa para no destruirse completamente.

Cada poema, cada carta y cada consejo que habita este libro parece decirnos una verdad elemental: La vida no siempre necesita ser grandiosa para ser profunda.

Por eso estas páginas conmueven. Porque hablan de lo aparentemente sencillo: Una madre que parte en un ataúd demasiado pequeño para contener todo el amor que dejó sembrado; una abuela que sana con hierbas mientras transmite memoria; un pueblo entero que convierte el velorio en un acto colectivo de dignidad; mujeres que cargan historias de dolor y resistencia; hombres atravesados por el deseo, la culpa, la nostalgia y la ausencia. Todo ello aparece aquí sin adornos innecesarios, con una honestidad que desarma.

La filosofía verdadera casi siempre nace cuando el ser humano intenta comprender aquello que ama y aquello que pierde. Y este libro se mueve precisamente entre esas dos aguas: El amor y la pérdida.

Hay una profunda reflexión sobre el tiempo en toda la obra. El tiempo entendido no como reloj, sino como herencia. Porque el autor sabe que desaparecer no ocurre únicamente cuando alguien muere; desaparecer también sucede cuando una comunidad deja de contar sus historias, cuando una generación olvida sus palabras, cuando los hijos ya no escuchan a sus mayores o cuando la memoria colectiva es reemplazada por el ruido.

Por eso Así Vivimos es también un acto de resistencia cultural. No una resistencia agresiva ni panfletaria. Una resistencia íntima.

La resistencia de quien todavía cree en el valor de nombrar las cosas como las nombraban los abuelos. La resistencia de quien se niega a dejar que el lenguaje del pueblo sea corregido hasta perder su alma. La resistencia de quien comprende que en cada expresión popular habita una manera particular de entender el mundo.

El lenguaje de este libro posee música propia. No busca ajustarse completamente a las normas rígidas del castellano académico, porque su verdadera fidelidad está con la oralidad del territorio. Y eso lo convierte en un documento profundamente valioso. Aquí las palabras conservan temperatura humana. Conservan acento. Conservan barro. Conservan tambor.

El lector encontrará momentos de humor desbordante y, unas páginas después, se verá golpeado por una tristeza serena y demoledora. Así ocurre también en la vida de los pueblos del Pacífico: Se ríe mientras se sufre, se canta mientras se llora, se cocina mientras se espera, se ama incluso sabiendo que la ausencia puede llegar en cualquier momento.

Hay además en estas páginas una comprensión muy profunda de la dignidad humana. Los personajes de Así Vivimos no son héroes literarios construidos para la admiración estética; son seres humanos reales, llenos de contradicciones, debilidades, picardías, ternura y cansancio. Precisamente por eso resultan tan memorables.

El libro no juzga a sus personajes, los escucha. Y escuchar, en tiempos donde todos quieren hablar al mismo tiempo, se ha convertido en una de las formas más raras y necesarias del amor.

Quizás uno de los mayores méritos de Yendier Mosquera Lemus sea haber entendido que escribir sobre el Pacífico no significa únicamente describir paisajes o costumbres, sino capturar una sensibilidad. Una manera distinta de relacionarse con la muerte, con el humor, con la espiritualidad, con el cuerpo, con la memoria y con la comunidad.

Aquí el duelo no es completamente silencioso. El consejo no es autoritario. La pobreza no elimina la dignidad. La fe convive con la duda. Y la palabra circula como un río que une generaciones.

Este libro tiene algo de conversación nocturna y algo de testamento espiritual. Sus cartas parecen escritas para quienes aún no han nacido. Sus poemas funcionan como pequeñas cápsulas de memoria colectiva. Y sus consejos no pretenden adoctrinar; buscan acompañar.

Porque acompañar también es una forma de sabiduría. En un mundo obsesionado con avanzar rápidamente, Así Vivimos propone algo distinto: Detenerse. Escuchar. Recordar. Sentarse un momento junto a quienes todavía tienen historias por contar. Comprender que la modernidad no debería exigirnos el sacrificio de nuestras raíces.

Tal vez por eso este libro resulta tan necesario, porque mientras muchos discursos contemporáneos hablan del progreso olvidando al ser humano, estas páginas nos recuerdan que no existe verdadero futuro cuando se pierde la memoria de quienes nos enseñaron a vivir.

Yendier Mosquera Lemus no entrega únicamente un libro. Entrega un territorio emocional. Un archivo afectivo. Un coro de voces que se niegan a desaparecer. Quien abra estas páginas no encontrará perfección académica ni pretensiones intelectuales vacías. Encontrará vida. Vida dicha desde adentro. Vida escrita con el corazón húmedo del Pacífico.

Y quizás, al terminar la lectura, el lector comprenda algo esencial: Que la literatura más poderosa no siempre es la que grita más fuerte, sino aquella que logra sentarse a nuestro lado y hablarnos como si nos conociera desde siempre. Porque al final, eso hace este libro:

Nos mira.

Nos recuerda.

Y, en silencio, también nos pregunta:

¿Así vivimos… o así olvidamos?

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